Rubia jugueteando con su coñito

agujerito rasurado explota de placer, gimiendo sin descanso en toda la follada. Pero claro, en esos momentos no me daba cuenta de nada de eso, solo tenía alguien a quien amar, y eso me bastaba. Pero ella no se molestó en absoluto. Bajárselas y contemplar el coñito que iba a comerme por primera vez me llenó de emoción. Y Marcela no ayudaba precisamente. Videos similares: La morenaza folla como una puta La tímida rubia sonríe ante la cámara vestida como una auténtica puta, subiendo su top para que veamos sus pezoncitos totalmente erectos. Por toda respuesta, ella se liberó de mi abrazo y se dio la vuelta, volviéndose hacia mí y clavando sus brillantes ojos en los míos. Raquel, por su parte, pronto estuvo gimiendo y jadeando otra vez   Sí Oh, Dios, qué bueno!   Te traigo una cerveza? Poniéndose a cuatro patas bien abierta llega la reventada de coño mientras gime de placer como una hija de puta, cambiando boca arriba abriéndose aún más y recibiendo polla hasta el fondo. Agotados, me retiré de ella, permitiendo que se bajara y sus pies volvieran al suelo. Y tuve que volver a acariciar su sedosa piel, esta vez en la zona más próxima a los senos, aunque mantuve la cordura lo suficiente como para no traspasar la barrera de lo correcto, muriéndome de ganas por hundir.

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Ni que decir tiene que aquello no acabó ahí, si no en mi cama de matrimonio, hasta cuatro veces eyaculo en mi interior con tremendas folladas que me dejaron dolorida y devastada, y todo eso con mi marido a nuestro lado pajeándose sin parar. Me había visto depre por el desengaño y venía a animarme. Mientras decía esto, le dio un codazo cómplice a mi hijita, que me miraba sonriente. Y por fin llegamos la noche de los sucesos que quería contarles. Siempre andaba por casa ligerita de ropa y para mí era de lo más normal verla paseándose en ropa interior o con una simple camisetita que a duras penas ocultaba la ausencia de sostén. Pero qué quieren que les diga, era mi hija y aquello apenas si me trastornaba, lo veía como algo normal, propio de su forma de ser y que demostraba simplemente la absoluta confianza que había entre nosotros.

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Me quedé paralizado, sin saber qué decir o cómo disculparme, pero Marcela, lejos de mostrarse enfadada o sorprendida, optó por la salida más sencilla de todo aquello: hacer como que no se había dado cuenta de nada. No logré mi objetivo de enfriar el aparato, pues éste estaba tan candente que lo único que conseguí fue calentar la lata. Marcela iba a volver tarde (mejor no saber cuando) y no me esperaba esa noche.   Me voy con ella dijo mi hija tras servirme una taza de café. No me dio tiempo ni a replicar, fue como una centella.

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